Silvia Vales - Directora de Silvia Vales & Asociados
La visión que cada persona tiene del mundo es única. Y muchas veces, la defendemos de tal manera que la conversación se torna “difícil”. Cuando esto ocurre, la charla se vuelve tóxica. Esto suele deberse a que se ha caído en la “mentalidad de combate” que, frecuentemente, se produce entre generaciones.
Si bien los Baby Boomers (las personas nacidas entre 1946 y 1965) dejaron este asunto en el olvido, al construir un espacio de trabajo colaborativo, estas situaciones muestran ciertas aristas de conflicto entre los integrantes de la Generación X (nacidos entre 1960 y 1980) y los miembros de la Generación Y, nacidos a principios de los 80. Estos grupos suelen convertir las conversaciones en una disputa entre un ganador y un perdedor, en muchos casos por el simple hecho de querer tener razón.
Los X aún no han comprendido algo que los mayores han aprendido: “el que se enoja, pierde” y sobre todo, que no se juega la autoestima en el resultado de una conversación. Los Y no reconocen que la autoridad deba tener razón y se animan a decir lo que piensan y a expresar libremente sus emociones. El punto es que, cuando en el trabajo las conversaciones se ponen en “modo combate”, todo el equipo se ve afectado y esta mentalidad de ganar a cualquier costo se vuelve enemiga.
Cuesta hablar, cualquiera sea el tema. Existe cierto temor y todo parece indicar que el vínculo podría estar en peligro, por lo que se intenta evitar el abordaje. Definitivamente están en juego las emociones. Sentimientos desagradables como la ira, el miedo y la vergüenza, que son parte del ser humano, requieren ser “domesticados”.
La nueva realidad de las organizaciones, atravesada por la transparencia y por marcas más humanas, permite gestionar las emociones e incluso exponerlas con jefes y colegas, siempre en pos de la mejora continua. Conocerse es la clave para detectar el punto débil.
Prepararse ante estas potenciales situaciones es de valiosa utilidad y requiere mantener claro el objetivo final. “Ganar” no es un resultado realista, ya que es poco probable que su contraparte acepte el resultado, o sea “perder”.
A continuación, algunas sugerencias para una conversación efectiva:
• Identificar los hechos tal cual sucedieron y separarlos de las interpretaciones que cada uno hace. Parece fácil pero no lo es. Los hechos no son discrepables, las interpretaciones sí porque pertenecen al observador que cada uno es.
• Ambas partes deben expresarse desde el “yo”, sin acusar al otro ni reprocharle, las emociones que siente. Por ejemplo, “yo me siento mal cuando no me tenés en cuenta en el proyecto, me siento dejado de lado”. Hoy esta frase vale decirla.
• Pedir con honestidad y animarse a preguntar por una respuesta positiva. Negociar alternativas que el otro pueda ofrecer, entendiendo que implica ceder algo cada una de las partes.
• No hacer suposiciones sobre los pensamientos o intenciones del otro. “El otro es como es y hace lo que hace o lo que puede”.
• Escuchar la discusión, sin escuchar al otro, impide el cambio. La gente nunca cambia si antes no se siente comprendida.
• Adoptar la posición “y”, es decir, no escoger entre las dos versiones. Siempre hay que sumar.
• Las emociones no expresadas impiden prestar atención y bloquean la escucha. Las emociones se basan en percepciones y las percepciones son relativas y propias de cada individuo.
En esta tarea es importante considerar que los pensamientos, en sí mismos, no son dolorosos ni alegres, son los sentimientos que les asociamos los que los tornan así. De este modo, ya sea entre generaciones como la X o Y, tanto como para los Baby Boomers, al ser parte de una “conversación difícil”, el verdadero enemigo no es el otro, que incluso puede aportar una mirada diferente. Los verdaderos enemigos son la arrogancia y el orgullo.